Los chavales ya no quieren canciones tristes,
sólo necesitan un iPhone.GIGANTE – LEIVA
No sé en qué momento exacto empezó a doler más de la cuenta. Si fue cuando entonó aquello de todo esto, al fin y al cabo, no es nada personal, o cuando de repente la ciudad huele demasiado a ti dejó de sonar como una frase bonita y empezó a parecer una confesión involuntaria. Lo que sí sé es que Hasta que me quede sin voz no se ve: se atraviesa.
El documental de Leiva no es una celebración ni una despedida. Es un intermedio incómodo. Un momento suspendido en el que el artista, el cuerpo y la música ya no avanzan al mismo ritmo. Y quizá por eso resulta tan honesto.
Este documental no se construye desde la épica del éxito ni desde la nostalgia cómoda. Se levanta, más bien, sobre una pregunta inquietante: ¿qué pasa cuando el instrumento que te define —la voz— empieza a fallar? ¿Quién eres cuando aquello que te ha sostenido toda la vida amenaza con desaparecer?
Ver esta película no es asistir a una consagración, sino a una intimidad en riesgo.
Leiva y la fragilidad de cantar cuando el cuerpo duda: “Hasta que me quede sin voz”
Ver Hasta que me quede sin voz es cruzar un umbral discreto: no es una despedida ni un consuelo mediático, sino un ejercicio de verdad que desarma. El documental —filmado con cercanía por Lucas Nolla y Mario Forniés— se presenta como un mapa de grietas: las de la voz, las del cuerpo, las del tiempo. Es un retrato de artista en el que la fragilidad no se esconde; se escucha.
En primera persona, y sin excesos de dramatismo, Leiva deja que su presente —y la inquietante posibilidad de perderlo— hable. La película acompaña giras, sesiones de estudio, conversaciones íntimas y momentos clínicos donde la gravedad de una lesión vocal aparece con la indiferencia cruda de lo irreversible. Esa honestidad es, paradójicamente, lo que la eleva por encima del fan-service y la transforma en reflexión sobre la condición del artista contemporáneo.
Se está quedando sin voz
Lo dije varias veces esa semana.
Se está quedando sin voz.
Él lo dice también, casi sin dramatismo, por ahí de la quinta canción. No como quien lanza una alarma, sino como quien enuncia un hecho. Tiene un problema crónico: la cuerda vocal se ha afinado, se ha debilitado, se ha vuelto más vulnerable. Podría decirse algo parecido de su escritura. No porque haya perdido filo, sino porque se ha quedado sin protección.
Las letras de Pereza —el grupo que asaltó la radio en una época donde convivían Los Rodríguez, La Oreja de Van Gogh o M-Clan— son hoy un territorio del que Leiva toma distancia. A lo largo de la gira, el público le pidió Princesas. Él se llevó la mano al corazón. No sonó Animales. Hay canciones que ya no se pueden cantar sin traicionarse.
Las actuales son distintas: autorreferenciales, secas, a veces incómodas. No buscan caer bien. Buscan decir algo. Gigante dialoga directamente con Nuclear (2019): discos hermanos en la derrota. Porque crecer —parece decir Leiva— no te salva del dolor; solo te da un lenguaje más preciso para nombrarlo.
Siempre vas a perder.
Siempre te va a doler.
Leiva, una voz que cuenta lo que ya no puede cantar
El eje del documental no es, estrictamente, la crónica del éxito: es la tensión entre la música como vocación y la música como oficio que exige un cuerpo. Las escenas médicas —intervenciones, revisiones, la preparación antes de cada gira— no son sensacionalistas; son la constatación de que la voz no es solo instrumento, es vulnerabilidad.
La cámara registra la incomodidad de planificar el silencio: operar hoy para poder cantar mañana, calibrar expectativas ante una posible pérdida. Esa contradicción atraviesa el film y lo convierte en una fábula necesaria sobre el tiempo finito de cualquier despliegue artístico.
Arrancar una gira hoy obliga a Leiva a pasar por el quirófano. Operarse para poder aguantar un poco más. Alargar la cuerda. Forzar el tiempo. Hay algo trágico —y profundamente irónico— en todo esto: la voz como herramienta, la música como vocación, el cuerpo como límite innegociable.
Lo más lograda es la forma en que el documental usa la canción como contrapunto: las letras de Leiva, su manera de escribir sobre ausencias y deseos, funcionan como comentario y como sostén. Incluso cuando la voz flaquea, las palabras permanecen —a veces más claras por la falta de la nota perfecta— y son ellas las que acompañan al artista cuando la música se vuelve frágil. Hay un momento en la película en el que la letra parece curar y, simultáneamente, poner en evidencia la derrota: es la paradoja central que el documental explora con delicadeza.
El documental no dramatiza este proceso. No hay música subrayando la tragedia. Hay espera, silencios, consultas médicas. La voz deja de ser símbolo para convertirse en materia frágil. Y eso lo cambia todo.
Porque cuando el cuerpo falla, el artista deja de ser personaje.
Entre la confesión y la crónica: el pulso de la fragilidad
La dirección evita los lugares comunes del “documental-ícono”. No hay una estructura heroica que exija un clímax triunfal; hay, en su lugar, un pulso íntimo: conversaciones a deshora, resacas emocionales, la rutina de volver a casa entre la euforia del escenario y la trivialidad de la vida cotidiana.
Esa mezcla, a veces monótona, otras veces dolorosamente luminosa, permite ver la música no como un talento eterno sino como un trabajo sujeto a desgaste. La película respira en los silencios tanto como en los acordes, y ese ritmo —más contemplativo que espectacular— es su mayor apuesta estética.
Sabina, la fraternidad y el espejo de la canción
Desde hace años, Leiva se ha convertido en el productor de cabecera de Joaquín Sabina, ocupando el lugar que durante décadas sostuvo Pancho Varona. No es un dato menor. Sabina se retiró de los escenarios, pero no del arte. Delimitó con claridad algo que Leiva parece estar empezando a comprender: componer y cantar ya no siempre se tocan.
En el documental, la presencia —directa o simbólica— de figuras como Joaquín Sabina funciona como un espejo: la relación entre colegas, la herencia del oficio y la transmisión de una forma de entender la canción aparecen como ejes que sostienen a Leiva. No es solo un cameo; es una escena sobre la transmisión emocional entre generaciones de músicos, sobre cómo ciertos referentes devienen compañía en los momentos en que la voz peligra. Ese vínculo, tratado con respeto y sin mitificación, humaniza aún más el relato.
Sabina escribió durante años sobre la decadencia, la pérdida de la voz, el desgaste del personaje. Contra todo pronóstico vuelvo a la carretera —firmada por Sabina, Benjamín Prado y Leiva— hoy suena menos a regreso y más a advertencia. Leiva acompaña a alguien que aprendió a retirarse del escenario sin abandonar la canción. Y eso, inevitablemente, resuena.
Hay una fraternidad silenciosa entre ambos: la del músico que entiende que el foco transforma, que el escenario exige un disfraz. Sabina lo negó todo hace años. Leiva parece no haber construido nunca un personaje del todo. Es el mismo en el barrio y bajo las luces. Quizá por eso duele más verlo dudar.

Lo que el documental evita —y por qué importa
Hay que aplaudir también lo que el film no intenta: no busca convertir la enfermedad en espectáculo, ni el drama en merchandaising. Tampoco pretende convertir la película en un manual médico o en una letanía de victimismos. El acierto es que plantea preguntas —¿qué hacemos cuando el cuerpo traiciona el don? ¿cómo reacomodamos la identidad cuando el principal recurso se vuelve incierto?— y deja que las respuestas sean fragmentarias, honestas y, a veces, incómodas.
En una era donde la narrativa del artista suele polarizarse entre el genio y la víctima, Hasta que me quede sin voz escoge la ruta intermedia: relata la perseverancia sin sentimentalismo y la fragilidad sin morbo. Esa postura convierte al documental en un documento útil para cualquiera que quiera entender qué significa sostener la música hoy.
Redes sociales, ruido y desaparición
En medio de esta fragilidad aparece otra batalla: la guerra contra el ruido. Contra las redes. Contra la necesidad permanente de construirse una imagen. Serial killers, masa madre; TikTok y su puta madre, canta Leiva con una mezcla de hartazgo y lucidez.
En Cortar por la línea de puntos dispara una de las frases más demoledoras del disco:
no sabes si eres real ni lo sabrás; nadie te va a conocer jamás.
Pienso inevitablemente en Sabina diciendo, hace una década, que cuando escribió cierta canción no existían ni Facebook, ni Twitter, ni hashtags, ni la puta que los parió. La voz como espacio democrático se ha convertido, paradójicamente, en una forma de acallar a las demás. En este contexto, quedarse sin voz no es solo una metáfora física: es una amenaza simbólica.
El lirismo que no quiere explicarse
Leiva no es un artista al que le guste teorizar sobre su obra. Lo ha dicho muchas veces: explicar las canciones es, en el mejor de los casos, una pérdida de tiempo. Ni siquiera yo sé lo que a veces quiero decir, confesó hace poco. El sentido llega después. Con los años.
Quizá por eso Gigante funcione como un punto y aparte. Nunca antes había sido tan explícito. Todo el mundo sabe ya que estoy tuerto. La frase cae sin dramatismo, pero lo dice todo. El accidente de la infancia, el ojo perdido, el cuerpo marcado. Lo supimos cuando él decidió cantarlo. Antes no importaba.
Sabina negó al personaje. Leiva parece haber decidido disolver la distancia entre el sujeto y el arte. Como lo hizo Andrés Calamaro con aquel disco imposible de 38 canciones: el intento —siempre fallido, siempre hermoso— de superponer al artista con la persona.
El directo como medida de verdad

Hay una idea que atraviesa todo el documental, aunque no se enuncie: el arte no se mide solo por lo que queda grabado. Hay un principio cinematográfico que dice que lo que no está en el encuadre no existe. Es falso. Lo que queda fuera se intuye. Y ahí habita la neurosis del artista.
Leiva, en directo, suele ser mejor que en disco. Deja todo. Quizá porque ahí no hay edición posible. Porque el cuerpo manda. Porque la voz —cuando aparece— es real o no es.
El setlist nunca es perfecto. Siempre falta una canción. En el espacio, por ejemplo. O Costa de Oaxaca en México. Godzilla pedía existir si Ximena Sariñana ya estaba ahí. Pero como dice Joselo Rangel, cuando un artista ha creado tanto, está condenado a la ausencia.
Salir con una línea en la cabeza
Salí con una frase girando sin parar:
a veces he esnifado desquiciado el polvo de los días raros.

Me sorprende que la palabra raro, tan vilipendiada en talleres literarios, sea el eje de dos canciones fundamentales en español: Los días raros de Vetusta Morla y El polvo de los días raros de Leiva. Quizá porque la época solo puede explicarse desde la extrañeza.
Leiva me recuerda algo esencial: uno elige a los artistas con los que crece. Bandas van y vienen, pero hay cuatro o cinco que se quedan. Que acompañan. Que resignifican la vida mientras suenan.
Leiva está ahí.
Y este documental no nos pide admirarlo más, sino algo más difícil: escucharlo cuando la voz ya no es refugio.
¿Por qué importa ahora?
El documental llega en un momento en que las conversaciones sobre salud mental, sostenibilidad artística y economía de la música están en la agenda pública. La obra de Leiva se convierte, entonces, en caso de estudio y en espejo: muestra que la fama no elimina la fragilidad; que la maquinaria del consumo musical no siempre tiene estrategias para tratar con lo frágil; que la carrera artística es, muchas veces, una negociación entre deseo creativo y desgaste físico. Ver esta película es recibir una lección sobre la urgencia de cuidar a quienes sustentas el imaginario colectivo con su voz y su tiempo.
La estética del cuidado: música, memoria y supervivencia
Donde el documental triunfa es en su honestidad estética: planos largos, conversaciones que se permiten divagar, escenas de grabación que privilegian el trabajo en curso por encima de la perfección final. Esa elección formal subraya la idea central: la música es proceso, no solo producto. La cámara no busca testimoniar el pico comercial, sino el trabajo cotidiano que sostiene la canción. Y en ese registro, las letras de Leiva funcionan como cuerdas que conectan el pasado con el presente, las heridas con la resistencia.
¿Para quién es esta película de Leiva?
No es imprescindible ser fan para reconocer el valor del documental. Cualquiera interesado en la vida creativa, en la tensión entre cuerpo y oficio, o en cómo se negocia la dignidad artística en tiempos de economía hiperactiva encontrará aquí material para pensar. Y, para los seguidores, la película funciona como confesionario y consuelo: permite acompañar al artista en su problema sin caer en el voyeurismo.
“Hasta que me quede sin voz”: Una reflexión que suena

Hasta que me quede sin voz es, en su núcleo, una invitación a escuchar de otra manera: a percibir que la canción no solo reside en el registro sonoro perfecto, sino en la voluntad de seguir contando, aun cuando el cuerpo diga lo contrario. Es una obra que habla sobre la resistencia y el miedo, sobre la fraternidad artística y las exigencias del oficio. Y, sobre todo, es una película que recuerda que la voz —esa herramienta que nos parece inagotable cuando suena bien— también merece cuidados, estrategias y ternura.
La película se puede ver en Cinemex y tuvo circuito de salas tras su paso por festivales; si te interesa la música entendida como pacto íntimo entre artista y público, es un documento que merece verse con atención.
Seguir cantando, incluso cuando duele, “hasta que me quede sin voz”
Hasta que me quede sin voz no es un documental sobre perder la voz.
Es un documental sobre seguir estando, incluso cuando la voz tiembla.
Sobre aprender a escuchar de otra manera.
Sobre aceptar que la música no siempre suena perfecta.
Y sobre entender que, a veces, lo más honesto no es cantar más fuerte, sino cantar con cuidado.
Leiva no se despide. Tampoco se exhibe. Simplemente se muestra.
Y en tiempos de discursos ruidosos, esa forma de verdad —callada, vulnerable— resulta profundamente necesaria.
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