Lo que una ofrenda sabe de la memoria (y un algoritmo no)
Entre una Catrina de 32 metros, un desfile que nació en una película y los chatbots que imitan a los muertos: una reflexión sobre qué significa recordar en la era de la IA.

Esta semana, en la misma ciudad, conviven dos escalas de una misma tradición. En el Zócalo hay una Catrina de 32 metros con la que las autoridades buscan un récord Guinness, dentro de una programación de unas cinco mil actividades culturales. En una cocina cualquiera, alguien coloca la fotografía de su abuelo junto a un vaso de agua, un plato de mole y una vela. Ninguna de las dos cosas está mal. Pero no son lo mismo, y creo que vale la pena entender por qué.
Antes de seguir conviene aclarar algo: no existe un solo Día de Muertos. La fiesta mezcla raíces prehispánicas con tradiciones católicas y cambia según dónde se viva. No se celebra igual en el panteón de Mixquic o en los canales de Xochimilco, en la Ciudad de México, que en la isla de Janitzio, en Michoacán, o en la sala de un departamento. Por eso, cuando hablo de «la ofrenda» en este texto, me refiero al núcleo que comparten todas esas versiones: un espacio, una foto y un acto deliberado de recordar.
Nuestra tesis es sencilla: el Día de Muertos es una tecnología de la memoria. Quizá la más antigua que seguimos usando, y la que mejor entiende algo que las tecnologías nuevas están a punto de olvidar: recordar no es almacenar.
Una tradición que sabe reinventarse

Conviene empezar por quitarle solemnidad al purismo. Hay un dato que me gusta repetir: el Gran Desfile de Día de Muertos de la Ciudad de México no existía antes de una película. En 2015, la secuencia inicial de Spectre, la entrega 24 de James Bond, mostró un desfile en el Centro Histórico que en realidad no se hacía. El gobierno capitalino organizó el primero el 29 de octubre de 2016 y, días después, institucionalizó las actividades de la temporada mediante un acuerdo en la Gaceta Oficial. En 2025, según datos de la ciudad, reunió a más de 1.4 millones de personas. La ficción inventó una tradición y la realidad la adoptó.
Eso no me parece una traición, sino una prueba de vitalidad. Las tradiciones que no cambian terminan en vitrinas. Hasta la Catrina, el rostro más reconocible de la fiesta, nació como una burla: José Guadalupe Posada la imaginó como una sátira de quienes querían pasar por europeos, y este año la Ofrenda Monumental del Zócalo rinde homenaje justamente a su obra. La UNESCO inscribió la festividad en 2008 en su lista del patrimonio cultural inmaterial, y desde entonces la fiesta ha crecido hacia afuera, con ayuda de películas como Coco.
La pregunta, entonces, no es qué tan auténtico es el espectáculo. Es para quién es y qué le deja a quien lo mira.
El altar como interfaz
Si uno lo mira con ojos de diseñador, un altar es un sistema muy bien pensado. Tiene un propósito claro (recibir a alguien que regresa), una guía (el camino de cempasúchil, cuyo color y aroma, según la tradición, orientan a los muertos), un gancho emocional (la foto, el platillo favorito, la canción) y, sobre todo, restricciones: es físico, es lento, se hace con otras personas y dura dos días.
Cada una de esas restricciones es una decisión. Elegir qué platillo se pone obliga a recordar qué le gustaba a esa persona. Cocinarlo obliga a pasar tiempo en familia. Colocar la foto obliga a escoger una imagen y, con ella, una versión de quién era. Nadie arma una ofrenda en automático; el trabajo de hacerla es parte de lo que significa.
Octavio Paz observó hace décadas que los mexicanos frecuentamos la muerte, nos burlamos de ella y la festejamos, mientras otras culturas la esquivan. Yo agregaría un matiz que quizá solo se ve desde la tecnología: lo que hacemos no es solo convivir con la muerte, sino procesarla con un método. Un método con un principio y, sobre todo, con un final.
La promesa de hablar con los muertos
Ahí es donde la comparación con lo que nos ofrece la tecnología se vuelve interesante. Hoy existen los llamados deadbots o griefbots: chatbots o avatares que simulan la personalidad, la forma de escribir y hasta la voz de una persona fallecida, entrenados con sus mensajes, correos, publicaciones y grabaciones. Plataformas como HereAfter, StoryFile o Replika forman parte de ese mercado, y según un reportaje, una empresa china llamada Super Brain ya habría completado más de mil encargos de «resurrección» digital.
No quiero despachar el tema con un reflejo de rechazo. Perder a alguien es perder la posibilidad de decir lo que quedó pendiente, y entiendo la tentación de una tecnología que promete devolver una voz. Hay quien ha encontrado consuelo en ella. Pero hay tres cosas que me hacen desconfiar.
La primera es lo que dicen los investigadores: conservar una voz o una manera de escribir no es conservar a la persona. Un artículo de 2026 en AI & Society sostiene que estos sistemas no son buenos ni malos para el duelo por sí mismos, pero que el duelo consiste en rehacer la relación con la ausencia, no en prolongar la conversación indefinidamente. Investigadores de Cambridge han advertido, además, del riesgo de dependencia emocional.
La segunda es que el duelo siempre fue colectivo. El velorio, el entierro, la visita de noviembre al panteón: son actos que se hacen con otros. Hay especialistas en ética que señalan que una conversación privada con una máquina lo encierra en casa. Un altar, en cambio, se pone en la sala para que pase la gente.
La tercera es la más sencilla: la ofrenda tiene fecha de término. Los muertos regresan una noche y se van. Un chatbot no se va. Y una conversación que no termina deja de ser un recuerdo para volverse un servicio, y todo servicio tiene detrás un modelo de negocio.
Y no toda la tecnología del duelo va en esa dirección. Hay una versión mucho más liviana, y más afín al espíritu del altar: el código QR en la lápida. En España, por ejemplo, una aseguradora incluye en sus seguros de decesos códigos QR para lápidas que llevan a una página de homenaje con biografía, fotos y condolencias. No simula a nadie, no responde y no promete conversar: archiva, comparte y deja que cada visitante complete el recuerdo con lo suyo. Es memoria digital con límites, y eso es justo lo que le pido a estas herramientas.
Lo que sí le pediría a la tecnología
No soy de los que piensan que la tecnología debe quedarse fuera de la ofrenda. Las fotos en la nube, los audios de WhatsApp, los videos de cumpleaños: todo eso es materia prima valiosa. La diferencia está en el papel que le damos. Un audio puede ser parte del altar: alguien lo reproduce en voz alta, la familia se ríe, se cuenta una anécdota. Un chatbot que responde con la voz de ese audio es otra cosa: sustituye el trabajo de recordar por el de conversar.
Si algo le pediría a la tecnología es que nos ayude a guardar mejor lo que todavía está vivo:
- Grabar las historias de los abuelos y de los papás mientras pueden contarlas, con su consentimiento y con su propia voz.
- Digitalizar fotos y cartas antes de que se deterioren, y ponerles nombre, fecha y quiénes aparecen.
- Escribir al pie de cada foto la anécdota que la acompaña, porque una imagen sin historia es un archivo; con historia, es un recuerdo.
La mejor inteligencia artificial para conservar a alguien sigue siendo preguntarle mientras está.
Si hay que empezar por algo, yo empezaría por aquí: cinco preguntas para hacerles esta noche a quienes todavía están.
- ¿Cuál es tu primer recuerdo de la casa donde creciste?
- ¿Qué platillo te hace pensar en alguien que ya no está, y por qué?
- ¿Qué consejo te dieron que nunca seguiste?
- ¿Cómo conociste a la persona que más has querido?
- ¿Qué te gustaría que se supiera de ti cuando ya no estés?
No hace falta una aplicación: basta un celular con la grabadora y una sobremesa larga. Con permiso, claro.

El criterio Ellipsis Mx…
Creo que ahí está lo que una ofrenda sabe y un algoritmo no: que la memoria necesita límites, trabajo y compañía. Necesita elegir qué se recuerda, cocinar, esperar, reír con otros y, al final, despedirse. Una Catrina de 32 metros puede ser una fiesta preciosa y un buen ejemplo de hasta dónde llega una tradición viva. Pero lo que mantiene viva a esa tradición sigue siendo un plato de comida, una foto y una vela en una sala cualquiera.
Los muertos regresan una noche y se van. Que se vayan es, quizá, la parte más importante del recuerdo.
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