Nochebuenas

¿A dónde van las nochebuenas después de las fiestas decembrinas?

¿A dónde van las nochebuenas tras Navidad? Una crónica urbana en Paseo de la Reforma sobre consumo, olvido y símbolos que se marchitan.

La ciudad despierta en enero con una resaca silenciosa. Los villancicos se han evaporado, los focos titilan por última vez y Paseo de la Reforma —Paseo de la Reforma— recupera su respiración habitual: autos, prisa, anuncios. Sin embargo, algo falta. Las nochebuenas, esas llamaradas vegetales que durante semanas fingieron que el invierno también puede florecer, ya no están.

No se van de golpe. Desaparecen como los buenos hábitos: primero una esquina, luego un camellón entero. Ayer eran paisaje; hoy, memoria reciente. ¿A dónde van cuando la Navidad se archiva y la ciudad vuelve a su agenda?

La respuesta corta sería logística. La larga —la que importa— es cultural.

Durante diciembre, las nochebuenas cumplen un papel que nadie les explicó: sostener el ánimo colectivo. Son el rojo que ordena el caos, el verde que promete continuidad. Nos recuerdan que la ciudad todavía cree en rituales. Pero el calendario no perdona. Enero exige eficiencia, no símbolos.

Algunas plantas regresan a viveros y programas de rescate urbano. Otras, las menos afortunadas, terminan en bodegas municipales, esperando una segunda oportunidad que rara vez llega. Las más tristes conocen el destino final de la modernidad: el camión de basura, ese gran igualador que no distingue entre ornamento y desecho.

Aquí ocurre la paradoja. La nochebuena no muere porque se marchite; muere porque deja de ser útil. La ciudad, siempre pragmática, no sabe qué hacer con lo que ya cumplió su función emocional.

En Reforma, el vacío se nota. Donde antes había filas de macetas hay ahora una honestidad incómoda: concreto, tierra cansada, el trazo exacto del olvido. Es el mismo espacio, pero ya no es el mismo lugar. La decoración no solo embellecía; editaba la realidad.

Hay algo profundamente contemporáneo en este ciclo. Compramos símbolos con fecha de caducidad, los exhibimos con devoción y luego los retiramos con eficiencia quirúrgica. La nochebuena es el influencer vegetal de la temporada: brillo intenso, exposición máxima, desaparición rápida. El algoritmo del consumo no contempla la permanencia.

Y sin embargo, cada año volvemos a repetir el gesto. Sabemos cómo termina y aun así participamos. Porque la ciudad también necesita ficción. Necesita creer, aunque sea por unas semanas, que el rojo puede imponerse al gris.

Tal vez la pregunta no sea a dónde van las nochebuenas, sino qué hacemos nosotros con los símbolos cuando dejan de servirnos. Si aprendemos a replantarlos —en tierra, en memoria, en cuidado— o si seguimos tratándolos como decorado desechable.

Mientras tanto, Reforma sigue su curso. Enero avanza. Y en algún vivero silencioso, una nochebuena espera. No para salvar la Navidad, sino para recordarnos que incluso lo efímero merece un poco más de respeto.

La ciudad lo olvidará pronto.
La planta, quizá no.

Luis Cortina
Luis Cortina
Artículos: 242

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Gift this article